¿Qué es la leishmaniosis canina?

              La Leishmaniosis canina es una enfermedad vectorial causada por protozoos del género Leismania infantum que afecta a perros en todos los continentes excepto en Oceanía. La Leishmaniosis canina es una enfermedad muy importante por su impacto en medicina veterinaria y también en la salud humana.

              El hospedador invertebrado transmisor de la infección es un artrópodo del género Phlebotomus en Europa, Asia y África y del género Lutzomyia en América.

              Para que comience el ciclo de transmisión es necesario que una hembra de mosquito pique al hospedador (perro).

             Una vez que el parásito se localiza en la dermis del hospedador, es fagocitado por macrófagos tisulares. A partir de este punto, la progresión de la infección depende principalmente de la eficiencia de la respuesta inmunitaria del hospedador (Alvar et al, 2004). Si el perro es capaz de desarrollar una respuesta inmunitaria efectiva, la infección se controla y el perro permanece infectado pero sin desarrollar signos clínicos ni lesiones (infección subclínica). Por el contrario, cuando el perro desarrolla una respuesta inmunitaria que no es efectiva la infección progresa y el perro desarrolla los clásicos signos clínicos de la enfermedad. La Leishmaniosis canina es por tanto una enfermedad en la cual infección no es sinónimo de enfermedad clínica (Solano-Gallego et al, 2001; Baneth et al, 2008).

      La infección subclínica no siempre es permanente. Hay factores como un tratamiento inmunosupresor o una enfermedad concomitante que pueden alterar el equilibrio entre infección y respuesta inmunitaria y conducir al desarrollo de la enfermedad clínica. Hay claras evidencias, sin embargo, que apuntan a que la genética juega un papel esencial. Algunas razas de perros tales como el Bóxer, Cocker Spaniel, Rottweiler y Pastor Alemán parecen más susceptibles a desarrollar la enfermedad (Sideris et al, 1999; Franca-Silva et al, 2003; Baneth et al, 2008), mientras que otras como el Podenco Ibicenco, muy raramente desarrollan signos clínicos (Solano-Gallego et al, 2000).

         Los signos clínicos más frecuentes de la Leishmaniosis canina son las lesiones cutáneas (dermatosis exfoliativa, alopecia, úlceras, nódulos,…), linfadenopatía generalizada, pérdida de peso, atrofia muscular, intolerancia al ejercicio, disminución del apetito, letargia, esplenomegalia, poliuria y polidipsia, lesiones oculares, epistaxis, onicogrifosis, cojera, vómitos y diarrea (Solano-Gallego et al, 2011). Estos signos clínicos suelen desarrollarse de forma lenta y progresiva, a veces a lo largo de varios meses o incluso de varios años. Este hecho, junto con la diversidad de los signos clínicos, hace que el diagnóstico de la enfermedad sea muy difícil.

         El diagnóstico de la Leishmaniosis canina requiere un abordaje integral y debe incluir una valoración detenida de la historia clínica, un examen físico completo, citología de los ganglios linfáticos, un hemograma, perfil bioquímico sérico, urianálisis completo, proteinograma y pruebas de coagulación. Aunque para alcanzar un diagnóstico definitivo deberemos realizar una serología o PCR.

         El tratamiento de la enfermedad y el pronóstico dependerán de los síntomas clínicos que presente el animal, de las alteraciones analíticas y de si presenta complicaciones, siendo la más habitual la enfermedad renal.

         Con respecto a la prevención frente a la leishmaniosis canina, a día de hoy no existe una única medida preventiva 100% eficaz. Se basa en la combinación de diferentes medidas, en función del riesgo de contagio. Es fundamental reducir la exposición a la picadura del vector utilizando productos insecticidas y repelentes en el perro. La vacunación reduce el riesgo de desarrollar la infección activa y/o enfermedad clínica tras la exposición al parásito. Se deben vacunar solo los perros sanos seronegativos diagnosticados mediante pruebas serológicas. El uso de sustancias inmunomoduladoras como la domperidona estimula la inmunidad celular específica que es importante para intentar reducir el riesgo de desarrollar una infección activa y la enfermedad clínica en caso de contacto con L.infantum.

        A continuación os presentamos a Yako. Un perro mestizo de 7 años de edad, macho, correctamente vacunado y desparasitado. Ha vivido algún tiempo en la Comunidad Valenciana y ahora vive en Asturias. Acude a nuestro centro a consulta porque llevaba unos días con conjuntivitis y una dermatitis recurrente que no respondía del todo bien a los tratamientos y ha ido a peor los últimos meses. Había tenido episodios previos de uñas frágiles y quebradizas cada cierto tiempo y piodermas superficiales tratadas con baños con champú con clorhexidina, antipruriginosos y antibiótico vía oral. Además, han notado que juega menos y lo encuentran más cansado de lo habitual.

         Exploración física:

El paciente pesa 18 Kg, presenta una adecuada condición corporal aunque los propietarios comentan que ha perdido algo de peso en los últimos meses. Tiene una temperatura corporal de 38,6ºC, con un tiempo de rellenado capilar . No presenta linfadenomegalia periférica, el pulso femoral es fuerte y regular y la auscultación cardiopulmonar es normal. El paciente presenta conjuntivitis bilateral, lagrimeo y legañas de color verdoso. Se observa también una pérdida de masa muscular en la cabeza.

         Exploración dermatológica:

Se observa blefaritis, eritema y alopecia periocular bilateral.  Presenta pápulas y costras en los dos pabellones auriculares y en la cabeza, sobre todo en el frontal, además de eritema y descamación en el masetero derecho.

701ad18d-fb81-42b3-b1cb-ed39f1056fbb

 

 

 

 

 

Fig 1. Eritema y dermatitis papular.

fig.2fig.3

Fig 2. Eritema. Alopecia y blefaritis bilateral          Fig 3. Alopecia, eritema y dermaitis papular.

      Diagnóstico diferencial:

Se deben descartar una reacción a picadura de insectos, una foliculitis bacteriana superficial, dermatofitosis, demodicosis, reacción adversa a fármacos y enfermedades autoinmunes.

       Protocolo diagnóstico:

Se realiza un examen citológico por punción con aguja fina de las pápulas con resultado positivo observándose amastigotes de leishmania. Paralelamente se realiza una hematología y un perfil bioquímico completo. Se envía al laboratorio una muestra para, realizar un proteinograma y una prueba serológica para determinar los niveles de anticuerpos anti-Leishmania infantum circulantes en sangre.

fig.4fig.5

Fig.4 Amastigotes de leishmania al microscopio            Fig.5. Amastigotes de leishmania.

        Tratamiento y seguimiento:

Se instaura un tratamiento con un fármaco leishmanicida (antimoniato de meglubina), un leishmaniostático (alopurinol) y un fármaco inmunomodulador (domperidona).

Se realizan seguimientos una vez al mes los primeros seis meses donde se realiza un examen físico completo, un hemograma, bioquímica, proteinograma y serología.

Actualmente está estable, tratado con domperidona y revisiones cada 6 meses para realizar analíticas de control.

 

AUTORA:ROSA LAZARO PELAEZ,Veterinaria AniCura Hospital Veterinario Asturpet,
Especialista en Dermatología.